Er sordao patachula
Erase que se era una vela en la casa de la abuela - ¡Como ardía la cera¡ - pues no hay más cera que la que arde, ande ande ande la Marimorena. Que meneíto tiene la nena de cadera, arsa esa niña guapa de largas melenas, arsa la Marimorena.
Había una vez un mocoso cabezón que su cumpleaños llegó, y el papá Santo Tomás, un juego le regaló, ni menos ni más que al perro Rantamplán, pero como comía en exceso natillas y flan, lo tuvo que descambiar y lo hizo por una oferta en carrecuatro de cinco x cuatro: Pagando cuatro sordaos te regalaban el quinto.
Eso, eso, chocolate hueso, como en la mili, que son los quintos:
Quinto levanta,
tira de la manta,
quinto levanta,
tira del mantón,
que viene el sargento
con el cinturón
Ja, pero que fiasco, en el paquete, a un sordao le faltaba una pierna, al otro la corbata , al tercero un zapato, al cuarto un brazo y el último tenía un ojo bizco y en el anaquel aquel donde ellos estaban, una toalla en la cual rezaba, ¡Mucho sexo perjudica la vista! ¿Sería por eso?, es que los otros cuatro eran también asmáticos, reumáticos y astigmáticos.
Lo fueron a descambiar, pero, ah, ni hablar, una vez el paquete abierto y de oferta, se han de quedar con el bulto, y como los cinco sordaos tenían su paquete en su sitio, mejor que el talegillo de un torero dicharachero, bien colocao, pues bebían colacao, del cambiazo, en el carrecuatro ni rogando, ni con el mazo dando les hicieron ningún caso.
Pues asín que vaya susto que se llevó el niño al ver su ejército diezmado, pero papá le dijo, muy ladino, que venían heridos de guerra y el mocoso para más fiabilidad, al sin corbata le mordió una oreja y se le calló un diente, al niño, no al sordao, que era de plomo.
Llevaban fusil y uniforme rojo y azul.
El mocoso los colocó sobre una mesa, con el cojo al frente, al que eligió de teniente, que se sostenía con una sola pata, igual de firme, que los otros con las dos y un cuarto y allá había más juguetes, había un encantador castillo-palacete que yendo para Albacete va y se la mete, molón de cartón y en la puerta abierta del mismo, oh, sorpresa con compresa, una linda mozalbeta con dos tetas y dos trenzas se mostraba de pie, cual azafata de feria, era de cartón, y llevaba un vestido de gasa muy ligera, tras el que se le transparentaban los tropezones de las témporas y una gran lentejuela muy brillante.
La jovencita extendía ambos brazos, como una bailarina de dirty dance que era, la muy hortera, ya que si fuera de madera, o de cera, dejaría de ser hortera y se convertiría en danzarina de primera. Y en su danza una de las piernas se alzaba tan alto en el aire que el teniente de plomo no podía verla , y suponía que a ella también, como a él, le faltaba una pierna. Consuelo de muchos, consuelo de que pocos tocan al reparto y por eso no hay liberalización, pues los terratenientes se apropian del mismo, por lo tanto es falso, no hay consuelo de muchos, que el suelo está muy caro y los pisos regalados.
"Que titi más buena -pensó-. Pero ella es demasiado elevada, nada menos que azafata. Vive en un palacio, en tanto que yo sólo tengo una caja, y eso en común con otros cuatro sordaos . Tengo que tratar de relacionarme".
Y el teniente de plomo, se tendió detrás de una caja de rapé, -pero que no adivinaba el futuro, ni era extrafalaria, eh, ah, no, que ese es Rappel-, que había también sobre la mesa. Desde allí podía observar a la damisela, que seguía siempre en un solo pie sin perder en absoluto el equilibrio. Vaya pata más blanca, más tersa, más amos que daba ganas de acercarse y echarle mano, hasta llegar al final del corbajo donde intuía la flor de un secreto guardada, pero desde allí tumbado, boca abajo, no acertaba a verle la flor, por mucho que se agachara, no le veía las bragas. Quizá no llevara. ¿Y si me acercara?.
Cuando las personas se retiraron a dormir, los otros soldados fueron guardados en su caja. ¡Que putada¡ ¡Que se joa el cocodrilo! .
Era la hora en que los juguetes juegan, y se divierten visitándose unos a otros; librando batallas o dando bailes. Cobrando vida. Incluso el cobrador del frac lo hizo. Los soldados de plomo muertos de asco en su caja, sin lograr levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y alguno se rompió un diente y el lápiz garabateaba guarradas en la pizarra.
Los únicos dos que no se movieron fueron el teniente de plomo y la pequeña bailarina, sin apartar los ojos de la flor de su secreto ni por un momento, por si ella se agachaba un poquito.
El reloj dio las doce... y ¡plop!, la tapa de la caja de rapé se abrió, levantándose bruscamente y salió un pequeño diablo negro, con un resorte, pues se trataba de una cajita de sorpresas.
-Soldado de plomo -dijo el diablo-, haz el favor de tener más cuidado con lo que miras, la bailarina, ni se toca, ni se mira, es mía. ¿Entendiste mequetrefe?
Pero el soldadito de plomo fingió no haberlo oído y le espetó, ¿Pero tú tienes estudios, piltrafilla? .
-¡Ah!, ¿sí? Pues ahora verás, pata chula de hojalata -amenazó el diablo- y una ráfaga de viento provocada por el soplido del monstruo orejudo con tridente estridente hizo que se abriera la ventana y después de abrida el diablo dobló su muelle y de un cabezazo, cual macho cabrío topón y cabr. al soldadito embestió, el cual salío rodando y cayó cabeza abajo desde el quinto coño del quinto piso sin dar un brinco, sin dar un grito, sin tan siquiera decir, por el culo te la hinco, como un corajudo sordao. Gritar si gritaron, la bailarina de pena, el diablo de satisfacción.
El teniente pata chula aterrizó sobre un zapato de un pazguato que paseaba a su gato, la bayoneta quedó encajada entre el dedo gordo y el rabo del gato, el pazguato tropezó y al suelo se cayó y al ver la causa de su aflicción, al soldadito cogió y lejos, el pazguato lo lanzó, unos críos lo encontraron : ¡Un soldadito de plomo! Le haremos dar un paseo en barco.
- ¡Mira que críos tan majos¡ -pensó el sordao- ¿Por qué no le dais el paseo a vuestros padres? .
Pero no le hicieron , pues no le oyeron, ni el más puto caso.
Y allá que va el teniente en su barco de papel, ¡Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela ¡
"¿Adónde iré ahora? pensaba mientras pasaba por un túnel de madera-. Bueno, todo fue culpa de aquel diablo negro. Me topó, el muy cabr. , el muy cabrito de muelle contrito. ¡Ah!, si al menos estuviera a mi lado la muchachita del castillo, acá a obscuras, las cosas que haríamos, ya podría estar dos veces más oscuro, que no me importaría".
En ese momento apareció una gran rata de agua, que vivía en el túnel.
-¿Tienes pasaporte? -inquirió-. A ver tu pasaporte. ¿No serás Inmigrante ilegal? .
El soldado de plomo no dijo nada, pero aferró su fusil con más fuerza. El barco pasó de largo, pero con la rata detrás, muy cerca. ¡Oh, cómo rechinaba los dientes y gritaba: "¡Párenlo! ¡Párenlo! ¡No ha pagado derechos! ¡No tiene pasaporte! ¡No tiene papeles¡ ¡El contrato de trabajo¡ ¡El permiso de residencia¡"
Había entrado en el mundo alcantarillil y de allí viajó hasta el río.
El barco describió dos o tres círculos y se anegó hasta la borda; se hundiría sin remedio. El soldado de plomo, firme, en pie, gallardo, Miguel, con el agua al cuello, a donde también los huevos se le subieron, mientras el buque se iba a fondo con rapidez creciente. El papel se fue empapando más y más, y por fin el agua cubrió la cabeza del soldado. Glup, glup, glup, Oyes, a lo peor tengo suerte y me encuentro a la sirenita, que tampoco tiene patitas, sería una maravilla, pero quiá, na de na, él recordó a la bonita bailarina y a los malogrados polvos no echados, y a quien ya no volvería a ver más, y en sus oídos resonó un viejo estribillo:
A estirar a estirar que el diablo va a pasar, corre corre que te pillo. ¿Se estaría cepillando su enemigo a su bailarina de tersa y pierna fina?
Por último el papel cedió del todo, y el soldado se precipitó hacia el fondo. Y en el mismo instante fue devorado por un gran pez. Menos mal, rediez, que si no, se ahoga y muere cual reo colgado de una soga. Gracias pez, te debo una por esta vez.
¡Qué oscuro estaba su interior ! ¡Y qué estrecho! , más que un día punta en el metro. Pero calentito, como en el metro si te arrimas un poquito al cuerpecito de una moza primorosa, y el soldadito de plomo seguía tan impávido como siempre, tendido a todo lo largo, fusil al hombro, igualito que en el metro, ¡Que me ha metido mano¡ , uy, perdone, yo no he sido, y es bien cierto, no ha sido mano, ha sido con la bayoneta que cargada la llevaba. Y el pez se estaba cagando en todos los muertos del soldado, pues con su bayoneta le estaba pinchando las entrañas, cuando se supone que son los peces los que tienen las espinas con las que uno se atraganta.
De pronto el pez dio un brusco salto, al cual siguieron los más frenéticos movimientos. Disco bacalao y baches en la comarcal. Y finalmente quedó inmóvil. Cierto tiempo después, un resplandor como el de un relámpago llegó hasta el soldado. Se encontró una vez más a la luz del día, que penita penita pena, ¿dónde se habrá ido la morena que en el metro con su bayoneta ? y oyó a alguien que exclamaba en voz alta:
-¡Miren! ¡Un soldado de plomo! ¡Pero si es un pata chula¡
El pez había sido pescado, llevado al mercado, vendido, y traído a la cocina, donde la cocinera lo abrió con un largo cuchillo que a punto estuvo de sacarle el higadillo. La mujer tomó al soldadito con dos dedos y lo llevó a la sala, donde todos querían ver al militar que había viajado en el estómago de un pez. Lo pusieron sobre una mesa, y -¡asombro de los asombros!- ¡Patidifuso pitufo¡ se encontró en la misma habitación en que había estado antes. Vio a los mismos niños, y los mismos juguetes sobre la mesa, y también el hermoso castillo con la linda bailarina en la puerta.
La joven seguía manteniéndose sobre un pie, con la otra pierna en el aire y la flor de su secreto oculta, para más detalle. No había cambiado de posición. El soldado se sintió tan conmovido que estuvo a punto de derramar lágrimas de plomo, pero eso no hubiera sido propio de su condición.
La miró, y ella lo miró, ambos sin decir una palabra. Jo, en ese momento, se enamoraron, y ni flores secretas ni chorradas, ni metros ni bayonetas, ni sentimientos de compartir su cama, de domingos de futbol metida en casa, y dices que el amor igual que llega pasa y el tuyo se marchó por la ventana. Perales. Es decir, surgió el amor. Pero Perro. Perrito. Perrillo. Perrita. Peritaje. Periquita.
En ese momento uno de los niños tomó al soldado y, sin razón ni motivo alguno, por puro capricho, lo arrojó al fuego. No hay duda de que el diablo negro de la caja de rapé fue quien tuvo la culpa, pues además de feo era teleesqui y teletiquismiquis y también telequisunodos y telequimeteysaca y por ende telequimimetico y telequimérico y telediurético y telepatético.
El soldado permaneció allí, entre las brasas, iluminado por las llamas, con un carbón entre la tercera costilla y el coxis
-¡Jo, -se quejó el teniente pata chula- pero si yo he sido bueno todo el año, ¿Porqué me hacen esto los Reyes Majos? , no quiero carbón, Que quería una de cuarenta, no, no, mejor dos de veinte- y circundado por el calor mas horrible, aunque no habría podido decir si aquel calor provenía del fuego material o de sus propios sentimientos. Había perdido todos sus alegres colores, tal vez como consecuencia de su peligroso viaje, quizá por la pena. ¿Qué importaba? . Osea, que era por feo por lo que al fuego fue, no por el diablo, que de telepapanatas no tenía nada y lo tenía todo. La culpa la del pintor, que no le hizo los colores azul y rojo a pruebas de estómago de pez. Abrase Bisto el vizco.
Volvió a mirar a la muchachita, y ella volvió a mirarlo, y el soldado sintió que se estaba derritiendo, ¡ que chorrada ¡,¡ ni que fuese de mermelada ¡ , que penita, me ha hecho verter una lágrimita al ver como la bailarina tiritaba, pero logró aún mantenerse firme, fusil al hombro.
Súbitamente se abrió una puerta, y la corriente de aire que se produjo arrebató a la pequeña bailarina, la hizo revolotear en el espacio como una sílfide y luego la arrojó directamente al fuego, junto al soldadito. Una pequeña llamarada, y pluf, cras, kris, todo el cuerpo de la joven desapareció. Coño, Hans, ¿Para que la creaste de cartón? Jate tú que disparate, ni un beso, ni una caricia, ni un acercamiento, ni un roze, ni manitas, ni un piquito, ni una palabra ¡Que crueldad¡ , ¡Que iniquidad! . Adiós flor, adiós amor, a la porra con el camisón, nada de nada.
Para entonces el soldado estaba reducido a un mero bulto. Cuando la sirvienta retiró las cenizas a la mañana siguiente lo encontró en forma de un diminuto corazón. Todo lo que quedaba de la bailarina era su lentejuela, y ésta tan quemada y tan negra como uno de los tizones de la chimenea.
Había una vez un mocoso cabezón que su cumpleaños llegó, y el papá Santo Tomás, un juego le regaló, ni menos ni más que al perro Rantamplán, pero como comía en exceso natillas y flan, lo tuvo que descambiar y lo hizo por una oferta en carrecuatro de cinco x cuatro: Pagando cuatro sordaos te regalaban el quinto.
Eso, eso, chocolate hueso, como en la mili, que son los quintos:
Quinto levanta,
tira de la manta,
quinto levanta,
tira del mantón,
que viene el sargento
con el cinturón
Ja, pero que fiasco, en el paquete, a un sordao le faltaba una pierna, al otro la corbata , al tercero un zapato, al cuarto un brazo y el último tenía un ojo bizco y en el anaquel aquel donde ellos estaban, una toalla en la cual rezaba, ¡Mucho sexo perjudica la vista! ¿Sería por eso?, es que los otros cuatro eran también asmáticos, reumáticos y astigmáticos.
Lo fueron a descambiar, pero, ah, ni hablar, una vez el paquete abierto y de oferta, se han de quedar con el bulto, y como los cinco sordaos tenían su paquete en su sitio, mejor que el talegillo de un torero dicharachero, bien colocao, pues bebían colacao, del cambiazo, en el carrecuatro ni rogando, ni con el mazo dando les hicieron ningún caso.
Pues asín que vaya susto que se llevó el niño al ver su ejército diezmado, pero papá le dijo, muy ladino, que venían heridos de guerra y el mocoso para más fiabilidad, al sin corbata le mordió una oreja y se le calló un diente, al niño, no al sordao, que era de plomo.
Llevaban fusil y uniforme rojo y azul.
El mocoso los colocó sobre una mesa, con el cojo al frente, al que eligió de teniente, que se sostenía con una sola pata, igual de firme, que los otros con las dos y un cuarto y allá había más juguetes, había un encantador castillo-palacete que yendo para Albacete va y se la mete, molón de cartón y en la puerta abierta del mismo, oh, sorpresa con compresa, una linda mozalbeta con dos tetas y dos trenzas se mostraba de pie, cual azafata de feria, era de cartón, y llevaba un vestido de gasa muy ligera, tras el que se le transparentaban los tropezones de las témporas y una gran lentejuela muy brillante.
La jovencita extendía ambos brazos, como una bailarina de dirty dance que era, la muy hortera, ya que si fuera de madera, o de cera, dejaría de ser hortera y se convertiría en danzarina de primera. Y en su danza una de las piernas se alzaba tan alto en el aire que el teniente de plomo no podía verla , y suponía que a ella también, como a él, le faltaba una pierna. Consuelo de muchos, consuelo de que pocos tocan al reparto y por eso no hay liberalización, pues los terratenientes se apropian del mismo, por lo tanto es falso, no hay consuelo de muchos, que el suelo está muy caro y los pisos regalados.
"Que titi más buena -pensó-. Pero ella es demasiado elevada, nada menos que azafata. Vive en un palacio, en tanto que yo sólo tengo una caja, y eso en común con otros cuatro sordaos . Tengo que tratar de relacionarme".
Y el teniente de plomo, se tendió detrás de una caja de rapé, -pero que no adivinaba el futuro, ni era extrafalaria, eh, ah, no, que ese es Rappel-, que había también sobre la mesa. Desde allí podía observar a la damisela, que seguía siempre en un solo pie sin perder en absoluto el equilibrio. Vaya pata más blanca, más tersa, más amos que daba ganas de acercarse y echarle mano, hasta llegar al final del corbajo donde intuía la flor de un secreto guardada, pero desde allí tumbado, boca abajo, no acertaba a verle la flor, por mucho que se agachara, no le veía las bragas. Quizá no llevara. ¿Y si me acercara?.
Cuando las personas se retiraron a dormir, los otros soldados fueron guardados en su caja. ¡Que putada¡ ¡Que se joa el cocodrilo! .
Era la hora en que los juguetes juegan, y se divierten visitándose unos a otros; librando batallas o dando bailes. Cobrando vida. Incluso el cobrador del frac lo hizo. Los soldados de plomo muertos de asco en su caja, sin lograr levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y alguno se rompió un diente y el lápiz garabateaba guarradas en la pizarra.
Los únicos dos que no se movieron fueron el teniente de plomo y la pequeña bailarina, sin apartar los ojos de la flor de su secreto ni por un momento, por si ella se agachaba un poquito.
El reloj dio las doce... y ¡plop!, la tapa de la caja de rapé se abrió, levantándose bruscamente y salió un pequeño diablo negro, con un resorte, pues se trataba de una cajita de sorpresas.
-Soldado de plomo -dijo el diablo-, haz el favor de tener más cuidado con lo que miras, la bailarina, ni se toca, ni se mira, es mía. ¿Entendiste mequetrefe?
Pero el soldadito de plomo fingió no haberlo oído y le espetó, ¿Pero tú tienes estudios, piltrafilla? .
-¡Ah!, ¿sí? Pues ahora verás, pata chula de hojalata -amenazó el diablo- y una ráfaga de viento provocada por el soplido del monstruo orejudo con tridente estridente hizo que se abriera la ventana y después de abrida el diablo dobló su muelle y de un cabezazo, cual macho cabrío topón y cabr. al soldadito embestió, el cual salío rodando y cayó cabeza abajo desde el quinto coño del quinto piso sin dar un brinco, sin dar un grito, sin tan siquiera decir, por el culo te la hinco, como un corajudo sordao. Gritar si gritaron, la bailarina de pena, el diablo de satisfacción.
El teniente pata chula aterrizó sobre un zapato de un pazguato que paseaba a su gato, la bayoneta quedó encajada entre el dedo gordo y el rabo del gato, el pazguato tropezó y al suelo se cayó y al ver la causa de su aflicción, al soldadito cogió y lejos, el pazguato lo lanzó, unos críos lo encontraron : ¡Un soldadito de plomo! Le haremos dar un paseo en barco.
- ¡Mira que críos tan majos¡ -pensó el sordao- ¿Por qué no le dais el paseo a vuestros padres? .
Pero no le hicieron , pues no le oyeron, ni el más puto caso.
Y allá que va el teniente en su barco de papel, ¡Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela ¡
"¿Adónde iré ahora? pensaba mientras pasaba por un túnel de madera-. Bueno, todo fue culpa de aquel diablo negro. Me topó, el muy cabr. , el muy cabrito de muelle contrito. ¡Ah!, si al menos estuviera a mi lado la muchachita del castillo, acá a obscuras, las cosas que haríamos, ya podría estar dos veces más oscuro, que no me importaría".
En ese momento apareció una gran rata de agua, que vivía en el túnel.
-¿Tienes pasaporte? -inquirió-. A ver tu pasaporte. ¿No serás Inmigrante ilegal? .
El soldado de plomo no dijo nada, pero aferró su fusil con más fuerza. El barco pasó de largo, pero con la rata detrás, muy cerca. ¡Oh, cómo rechinaba los dientes y gritaba: "¡Párenlo! ¡Párenlo! ¡No ha pagado derechos! ¡No tiene pasaporte! ¡No tiene papeles¡ ¡El contrato de trabajo¡ ¡El permiso de residencia¡"
Había entrado en el mundo alcantarillil y de allí viajó hasta el río.
El barco describió dos o tres círculos y se anegó hasta la borda; se hundiría sin remedio. El soldado de plomo, firme, en pie, gallardo, Miguel, con el agua al cuello, a donde también los huevos se le subieron, mientras el buque se iba a fondo con rapidez creciente. El papel se fue empapando más y más, y por fin el agua cubrió la cabeza del soldado. Glup, glup, glup, Oyes, a lo peor tengo suerte y me encuentro a la sirenita, que tampoco tiene patitas, sería una maravilla, pero quiá, na de na, él recordó a la bonita bailarina y a los malogrados polvos no echados, y a quien ya no volvería a ver más, y en sus oídos resonó un viejo estribillo:
A estirar a estirar que el diablo va a pasar, corre corre que te pillo. ¿Se estaría cepillando su enemigo a su bailarina de tersa y pierna fina?
Por último el papel cedió del todo, y el soldado se precipitó hacia el fondo. Y en el mismo instante fue devorado por un gran pez. Menos mal, rediez, que si no, se ahoga y muere cual reo colgado de una soga. Gracias pez, te debo una por esta vez.
¡Qué oscuro estaba su interior ! ¡Y qué estrecho! , más que un día punta en el metro. Pero calentito, como en el metro si te arrimas un poquito al cuerpecito de una moza primorosa, y el soldadito de plomo seguía tan impávido como siempre, tendido a todo lo largo, fusil al hombro, igualito que en el metro, ¡Que me ha metido mano¡ , uy, perdone, yo no he sido, y es bien cierto, no ha sido mano, ha sido con la bayoneta que cargada la llevaba. Y el pez se estaba cagando en todos los muertos del soldado, pues con su bayoneta le estaba pinchando las entrañas, cuando se supone que son los peces los que tienen las espinas con las que uno se atraganta.
De pronto el pez dio un brusco salto, al cual siguieron los más frenéticos movimientos. Disco bacalao y baches en la comarcal. Y finalmente quedó inmóvil. Cierto tiempo después, un resplandor como el de un relámpago llegó hasta el soldado. Se encontró una vez más a la luz del día, que penita penita pena, ¿dónde se habrá ido la morena que en el metro con su bayoneta ? y oyó a alguien que exclamaba en voz alta:
-¡Miren! ¡Un soldado de plomo! ¡Pero si es un pata chula¡
El pez había sido pescado, llevado al mercado, vendido, y traído a la cocina, donde la cocinera lo abrió con un largo cuchillo que a punto estuvo de sacarle el higadillo. La mujer tomó al soldadito con dos dedos y lo llevó a la sala, donde todos querían ver al militar que había viajado en el estómago de un pez. Lo pusieron sobre una mesa, y -¡asombro de los asombros!- ¡Patidifuso pitufo¡ se encontró en la misma habitación en que había estado antes. Vio a los mismos niños, y los mismos juguetes sobre la mesa, y también el hermoso castillo con la linda bailarina en la puerta.
La joven seguía manteniéndose sobre un pie, con la otra pierna en el aire y la flor de su secreto oculta, para más detalle. No había cambiado de posición. El soldado se sintió tan conmovido que estuvo a punto de derramar lágrimas de plomo, pero eso no hubiera sido propio de su condición.
La miró, y ella lo miró, ambos sin decir una palabra. Jo, en ese momento, se enamoraron, y ni flores secretas ni chorradas, ni metros ni bayonetas, ni sentimientos de compartir su cama, de domingos de futbol metida en casa, y dices que el amor igual que llega pasa y el tuyo se marchó por la ventana. Perales. Es decir, surgió el amor. Pero Perro. Perrito. Perrillo. Perrita. Peritaje. Periquita.
En ese momento uno de los niños tomó al soldado y, sin razón ni motivo alguno, por puro capricho, lo arrojó al fuego. No hay duda de que el diablo negro de la caja de rapé fue quien tuvo la culpa, pues además de feo era teleesqui y teletiquismiquis y también telequisunodos y telequimeteysaca y por ende telequimimetico y telequimérico y telediurético y telepatético.
El soldado permaneció allí, entre las brasas, iluminado por las llamas, con un carbón entre la tercera costilla y el coxis
-¡Jo, -se quejó el teniente pata chula- pero si yo he sido bueno todo el año, ¿Porqué me hacen esto los Reyes Majos? , no quiero carbón, Que quería una de cuarenta, no, no, mejor dos de veinte- y circundado por el calor mas horrible, aunque no habría podido decir si aquel calor provenía del fuego material o de sus propios sentimientos. Había perdido todos sus alegres colores, tal vez como consecuencia de su peligroso viaje, quizá por la pena. ¿Qué importaba? . Osea, que era por feo por lo que al fuego fue, no por el diablo, que de telepapanatas no tenía nada y lo tenía todo. La culpa la del pintor, que no le hizo los colores azul y rojo a pruebas de estómago de pez. Abrase Bisto el vizco.
Volvió a mirar a la muchachita, y ella volvió a mirarlo, y el soldado sintió que se estaba derritiendo, ¡ que chorrada ¡,¡ ni que fuese de mermelada ¡ , que penita, me ha hecho verter una lágrimita al ver como la bailarina tiritaba, pero logró aún mantenerse firme, fusil al hombro.
Súbitamente se abrió una puerta, y la corriente de aire que se produjo arrebató a la pequeña bailarina, la hizo revolotear en el espacio como una sílfide y luego la arrojó directamente al fuego, junto al soldadito. Una pequeña llamarada, y pluf, cras, kris, todo el cuerpo de la joven desapareció. Coño, Hans, ¿Para que la creaste de cartón? Jate tú que disparate, ni un beso, ni una caricia, ni un acercamiento, ni un roze, ni manitas, ni un piquito, ni una palabra ¡Que crueldad¡ , ¡Que iniquidad! . Adiós flor, adiós amor, a la porra con el camisón, nada de nada.
Para entonces el soldado estaba reducido a un mero bulto. Cuando la sirvienta retiró las cenizas a la mañana siguiente lo encontró en forma de un diminuto corazón. Todo lo que quedaba de la bailarina era su lentejuela, y ésta tan quemada y tan negra como uno de los tizones de la chimenea.
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